Salí del metro mucho más tarde de mi hora habitual. Eran las once de la noche, pasadas; venía del teatro.
Al llegar al semáforo, me llamó la atención ver a un chico con una bicicleta. A esas horas, oscuro y con ese frío. Me fijé en su gorro, ajustado hasta las orejas, y en su barba de tres o cuatro días. Sólo en ese momento le reconocí. Era Lucas, un compañero de oficina al que veo cada mañana.
Enfundado en unas mallas negras, que dibujaban la silueta de sus piernas, y con una sudadera de color rojo, Lucas charlaba, apoyado en su bici, con otro chico.
Me sorprendió la casualidad de aquel encuentro, ya que Lucas no vive en mi barrio, y supongo que debido a eso, esbocé una sonrisa mientras le saludaba con un gesto de mi cabeza.
Lucas me respondió con esa sonrisa que tanto ha dado que hablar en la oficina. Atractiva, seductora, blanca sobre su tez tan morena. Al acercarme, dudé sobre si el protocolo exigía saludarle con dos besos o no. Al fin y al cabo, pensé, le veo cada día y nunca se los doy. Así que me pareció absurdo cumplir con las exigencias del guión sobre cómo saludar a un conocido.
“¡Qué casualidad!”, le dije a modo de saludo. Y él siguió con esa sonrisa. “¡Si!qué casualidad”, contestó. Tampoco había mucho más que decirse, y menos teniendo en cuenta que su compañero de charla esperaba, en silencio. “Bueno”, continué yo, “te veo mañana”, y me fui, aprovchando que el semáforo seguía en verde, mientras me despedía con un gesto de mi mano.
Crucé el paso de cebra pensando en lo curioso de que había sido verle. En lo curioso que era Lucas. ¡Qué extraña afición esa de salir con la bici, de noche, y con este tiempo!
Recordé en ese momento que, las pocas ocasiones en las que había entablado conversación con él, me había parecido una persona curiosa, como mínimo distinta. Su forma de ser se salía de lo corriente. Lucas tocaba el saxo, viaja sólo en vacaciones (casi siempre a países latinoamericanos) y, ahora también sabía, que montaba en bici por la noche.
Todo esto, junto, configuraba el perfil de una persona bastante atípica. Se me ocurrió pensar que, si tuviera que definirse a sí mismo, con unas pocas pinceladas, resultaría el retrato de una persona interesante.
Si yo tuviera que definirme con unas pequeñas pinceladas, ¿qué podría decir de mí? Lo reconozco, yo no soy interesante como Lucas. No tengo aficiones llamativas, ni tampoco ninguna habilidad especial. Carezco de un gusto musical exquisito, de memoria suficiente para conversar sobre cine, y los deportes y el ejercicio físico, me son indiferentes.
Me miré buscando algún rasgo de mí que estuviera fuera de lo común. Nada. Mi gusto estético es anodino; mi vida, sencilla; mi rutina, aburrida… nada destacable en mi currículum vital.
Supongo que tampoco es tan raro ser anodina. De hecho, lo poco habitual es ser especial. Si hasta el propio nombre lo dice: es-pe-cial.
Mirado así, no debe de ser malo no tener ningún rasgo curioso, sorprendente, o distinto a las características de los demás. Sin embargo, el tomar consciencia de que soy así, común, me dejó un cierto sabor amargo.
¿Por qué yo no hago cosas distintas? ¿Por qué no juego al ping pong, escucho ópera, visto siempre de verde o puedo mover las orejas? ¿Por qué no hay nada reseñable en mí?
Quizá lo haga. Puede que me busque aficiones y costumbres nuevas que me hagan ser especial.
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Pequeño homenaje a El Tipo de la Brocha.
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