
Me gustaría poder decir siempre lo que pienso y siento, sin preocuparme de lo que puedan pensar los demás. Me gustaría que la gente no usara eufemismos. Que nadie a mi alrededor se sienta molesto cuando digo que me siento sola.
Me gustaría que hubiera un billete de metro Madrid – Barcelona. Y que el viaje no durara más de 20 minutos. Me gustaría que bastase con desear mucho, mucho, las cosas para que éstas se hicieran realidad. Y que la esperanza no fuera una de las tres virtudes teologales.
Me gustaría tener una opción “off” para usarla los días que me da miedo levantarme de la cama. Me gustaría que los pies no me pesaran tanto. Me gustaría que, aunque fuera solo por un día, cuidaran de mí y no yo de todo el mundo.
Me gustaría saber que alguien me cogerá si un día me dejo caer. Y también que nadie me riña por querer dejarme caer. Que nadie me diga “no llores” si necesito llorar. Y que, después de leer esto, nadie me diga: “qué bonito”.
Me gustaría que la vida tuviera un botón para hacer rollback, aunque volviera a repetir los mismos errores. Y me gustaría, también, que existieran las segundas oportunidades. Y las terceras, si hace falta.
Me gustaría que las respuestas de la vida estuvieran ya escritas en un libro, con el simple título de “Respuestas”. Me gustaría que el futuro se me antojara como un lugar interesante donde voy a pasar el resto de mi vida.
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Así comienza ”Platero y yo“, la obra más significativa (o reconocida, quizá) de Juan Ramón Jiménez. Recuerdo cuando la leí, en BUP y recuerdo que lo que más me gustó de Jiménez fue la capacidad de hacer poesía en prosa. Y entonces me las di de poeta e intentaba copiarle. Es obvio que nunca lo conseguí.

No lo entiendo. O igual es que no he profundizado mucho en el tema pero…
El
En el Museo de Manchester (en Reino Unido) han decidido 
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