Decir que ayer estuve encerrada en la oficina, no es una forma metafórica de hablar con la que yo quiera transmitir que estuve currando hasta muy tarde, no. Cuando digo que ayer estuve encerrada en la oficina, lo digo literalmente.
Y podría decir que fue porque estuve haciendo horas extra pero tampoco es del todo cierto. Digamos que, entre pitos y flautas, me quedé hasta tarde en la oficina. Hasta las 22h. Y ¡¡horror!! al bajar, la verja estaba cerrada y mi llave no giraba…
Momento de pánico, calor… y la gente, en la terracita de delante, viendo unas manos que intentaban meter la llave por cualquier agujero que hubiera. Como en cualquier situación de crisis que se precie, la única persona que tiene una copia de las llaves, no respondía al teléfono. Ganas de llorar (como si eso fuera a solucionar algo).
Una hora después, apareció un guarda de seguridad que “habita” silenciosamente en la planta cuarta y que yo desconocía. Para entonces, yo estaba por comerme un codo del hambre que tenía. Cuando el señor me abrió la verja, estuve a punto de darle un beso de alegría. Me sentí como si saliera de La Modelo. Y, de nuevo, me vinieron ganas de llorar.
¿Y luego dicen que trabajar dignifica al hombre?
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