A medida que nos hacemos mayores, perdemos la capacidad de disfrutar con los regalos. No es una afirmación hecha al azar, sino el resultado de un estudio sobre cómo funciona nuestro cerebro. Cuando somos niños, tenemos una capacidad de ilusión, con el tiempo, vamos perdiendo. Y no tiene nada que ver con que un día descubrimos que los Reyes Magos son los padres, sino con la dopamina.
Cuando recibimos un regalo, se activa el sistema de recompensa del cerebro. La dopamina es uno de los principales neurotransmisores que regulan la gratificación en el cerebro. Las actividades euforizantes, provocan descargas de dopamina. En el otro extremo, enfermedades como la depresión, el parkinson o la adicción a la cocaína se caracterizan por averías en el funcionamiento de la dopamina.
Eso sí, independientemente de nuestra actividad cerebral, las personas tenemos por perfil genético una mayor o una menor capacidad de ilusión y ésta no depende de nuestra edad ni de nuestra dipomina, sino de dos genes llamados COMT y DAT1.
En un estudio relacionado, se ha descubierto recientemente que somos más felices cuando hacemos un regalo que cuando lo recibimos. Es una paradoja porque, a priori, durante el estudio, todos los encuestados dijeron sentirse más felices si compran algo para ellos que si lo hacen para los demás.
Sin embargo, los mecanismos de nuestro cerebro funcionan de forma inversa. Los obsequios fomentan las conductas altruistas en la especie humana, por eso nos generan placer (del mismo modo que a lo largo de la evolución, la comida y el sexo tienden a desarrollar mecanismos de placer). Dicho de otro modo, hacer regalos nos da satisfacción para que sigamos haciendo ese tipo de gestos que fomentan la cohesión social.
Así que, servidora se pira a Barcelona con la maleta llena de regalos que para eso es Navidad. Y aunque no creo que necesite más “cohesión social” con mis sobrinas, me muero de ganas por ver cómo se les dispara la dopamina 
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