Este fin de semana estuve en Valladolid para asistir a la Seminci. Vaya percal de organización: desajustes en el sonido, subtítulos ilegibles, la imposibilidad de adquirir entradas de manera anticipada y fundamentalmente, el mal funcionamiento de la página de Internet que permite comprar localidades ‘on line’.
El momento más gore fue el que se vivió el sábado en los Cines Manhattan: overbooking de butacas en el sentido literal. La misma localidad se había vendido dos veces, una en taquilla y la otra online. Espectadores que llegaban a su butaca y ya la encontraban okupada ocupada y además, con el legítimo derecho de quien posee ese asiento. Al final, la peli empezó una hora tardes después de un motín del público asistente.
Ahora, la organización reclama a las empresas organizadoras de la venta online daños y perjucios y se disculpa alegando que son fallos ajenos a ellos. Sin embargo, no he visto que hicieran referencia a los problemas de sonido, subtítulos, etc.
Mi momento más caótico fue el domingo cuando decidimos ir a ver “The Guitar“ en el Teatro Calderón. Nos tocó arriba del todo, en uno de los balconcitos. Para nuestra sopresa, nada más empezar la peli, nos damos cuenta de que los subtítulos no se ven. Fue como el cuento de “El traje nuevo del emperador“. Como aquel que se sabe ciego, nadie dijo nada, hasta que empezaron a oirse rumores de “no se ve… lo subtítulos no se ven… oye, ¿tú ves?”, y alguién gritó en voz alta “¡los subtítuloooooooooos!” abriendo la veda.
Anfiteatro y teatro gritando que agrandaran los subtítulos. Platea gritando que el anfiteatro y el teatro se callara porque no les dejábamos oir. Anfiteatro que nos ponemos a patalear o a aplaudir indistintamente reclamando nuestro derecho a ver la peli con subtítulos incluidos. A los 7 minutos de película, el cine decide pararla. Aplausos agradecidos en el anfiteatro. Silbidos disconformes en la platea.
Nosotras, indignadas, gritamos como las que más. “¿Qué pasa, qué ahí abajo habéis pagado más o qué?“. La mujer de delante se levanta y decide irse a butacas de abajo que, vete tú a saber por qué, están vacías. Gritos desde arriba a hacia abajo, y viceversa. Cuando se hace el silencio, asegurándome de que se me oye bien, grito hacia abajo “Egoístas“… respuesta surrealista que recibo “Cállate, borracha“. (A eso no respondí porque no lo escuché, me lo contaron luego).
Por fin retomamos la peli y… “oh, sorpresa”, sigue por su minuto 10. Reclamamos de nuevo nuestro derecho a participar también del planteamiento (que estarán muy guay el nudo y el desenlace pero que no aún no me he enterado de qué le pasa a la prota). Gritos, chillidos, apalusos… ruido. Paula se indigna y baja gritando “quiero hablar con el jefe de sala“.
Diez minutos y 100 braznidos después, vuelve a la butaca y me cuenta que, al parecer, las bobinas de cine no se pueden rebobinar (valga la redundancia) así que a la salida nos devuelven la pasta.
Efectivamente, al terminar la peli, la dirección se disculpa “una vez más” (esta parte ya dice mucho) por los problemas acontecidos y nos informan de que nos devuelven el dinero y de que al día siguiente emitirán de nuevo la película.
Bajamos y nos encontramos a Elvis y a Alberto, que han visto la peli desde platea. Mirada, sonrisa malévola, interrogación: “¿las que gritábais erais vosotras, verdad?“. ¡¡Pero bueno, ¿lo dudabas?!!
P.D. En honor al cutre humor de estos días, solo puedo decir una cosa: “¡Seminci imposible ver la película!” (Diooooos, qué malo!).
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